viernes, 24 de octubre de 2008

La Perpetua Alma de Cayayo Troconis


Regresó a su origen el 17 de noviembre, hace nueve años. Toda la juventud le recuerda eternamente joven, eléctrico, portador de ciertas melodías que nos marcaron a todos los que tomamos una guitarra a finales de los 80, siendo niños, y escuchábamos ocasionalmente por venevisión -casi sin darnos cuenta- la publicidad que nos invitaba a comprar el disco "Sin Sombra No hay Luz".

Luego ese sentimiento cambió de piel y nos tatuó el oído con Dermis Tatú; entonces parecía que esa expresión llegaba a un punto de tensión que nos daba comezón en la mente y domaba el demonio del miedo que inundaba a Venezuela, pero sobre todo a Caracas, durante los 90: un ente terrible que te seducía con su mentira de esperanza pero te apuñaleaba con el temor. Luego, como invocado por el ruido de las bombas y el chillido de los taxis se acercó el sátiro Pan y nos puso a bailar.

Esas guitarras no eran inocentes, dígalo.

Cayayo había abierto un sendero en la música, cuyo recorrido coincidía con su propia visión espiritual. Rama Charan das, le inició Srila Avadhuta Maharaja a mediados de los 80. Tenía una firme convicción de consciencia más allá de todo este caos, la certeza de un espacio de total conformidad de todo, una reconciliación del sí y el no para formar este eterno presente. Es curioso que las canciones en las que más detalló esa visión fuera de lo terrenal nunca fueron grabadas para ser difundidas.

Aparentemente dejó de respirar, se fue tranquilo. Nos deja más tranquilos aún el poder seguir escuchándote, siguiendo los rastros de luz.

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