"Philosophy of the World" (1969) es un trabajo que representa un rompecabezas para el catálogo musical en la época en que se produjo y continua siendo un agradable escozor en todo oído que escucha el manifiesto de estas cuatro adolescentes de New Hampshire. Más allá del delirio profético de su padre de convertirlas en tempranas estrellas del rock -retirándolas del colegio y forzándolas a armar la banda bajo el tutelaje musical de su esposa-, estas voces se deslizan en los estudios de Third Word Records a finales de los 60, conspirando nuevas fuentes creativas al alcance de adolescentes alienados como Frank Zappa o Kurt Cobain.
En la escasa educación musical de The Shaggs hay un sabor único que décadas más tarde se convertiría en en estandarte del post-punk y el No Wave: este hilo "naive" que se busca rasgar desde las intimidades del cuarto, pasando por las profundidades de la calle para atravesar el corazón de la insdustria discográfica, es hoy día objeto de culto y fuego inspirador para las mentes creativas que nos reflejamos en estos años dos miles y tantos.
The Shaggs - Philosophy of the World (1969)
Música en Bits
1... 2... 3... PUM!
domingo, 17 de agosto de 2014
The Shaggs - Las trampas de la ingenuidad (outsider music parte 1)
Etiquetas:
60's,
art rock,
avant-garde,
outsider music
Ubicación:
Písac, Perú
jueves, 18 de junio de 2009
Música Remedio - Luzmila Carpio
Cuando el río suena es porque piedras trae, cuando el viento suena es porque hojas trae.
Luzmila Carpio de niña fue educada por su madre y su abuela en el uso del canto como vehículo para calentar los corazones fríos. En las tradicion de los pueblos naturales del altiplano, aquel quien pierde la alegría de ver su pueblo natal enferma; por esto sus cantos hablan del manantial, del sol, de la luna, de las montañas.
En "Le Chant de la Terre et des Etoiles" (2003) avanza un paso muy profundo en la fusión de la música del altiplano boliviano en un terreno de excitante creatividad heterogénea con elementos de la música contemporánea europea.
Yakup Sunqun (El Espíritu del Agua)
Etiquetas:
chamán,
musicoterapia,
tambor,
vibración
jueves, 26 de marzo de 2009
Aire Elemental

Entre todas las épocas, estilos y viscisitudes del acontecer musical ocurren ciertos accidentes que abren una incógnita en el discurso sonoro, para luego cerrarse en una afirmación categórica que a su vez hace referencia a conceptos fundamentales de la existencia. Dicho en un ejemplo menos epistemológico: cuando escuchamos el dulce sonido de una quena o una trompeta interpretado por un ejecutante sensible, en algún momento nuestras impresiones se remontan a un código primigenio que revela un conocimiento arcano.
Miles Davis es uno de esos accidentes. Constantemente cambió de faz para recordarnos ese principio de la existencia que evidencia la mudanza continua de lo aparente. Pero al escucharlo me remonto a un principio más profundo.
Hace pocos días atendí a un amigo compartir acerca de los elementos universales, específicamente sobre la estructura de las galaxias y los soles. Estando el cuerpo solar constituído fundamentalmente de fuego, reposa sobre el vacío. Sombra y luz. Pero en lo más interno de los espacios cósmicos está el aire elemental (llamado éter por los pensadores griegos de la antigüedad y prana por el conocimiento védico). Este principio está presente en el macro y el microcosmos. Es el aliento de Dios. Al escuchar una interpretación "musical" (entendiendo por música la sucesión de sonidos ordenados con una meta-intención), este aire elemental se manifiesta como el sonido y lo que está detrás de éste, su voluntad.
Entre los muchos cornetistas que han expresado su mundo a través del viento siento que Miles, muy particularmente, nos comunicó la presencia de ese aire elemental dentro de nosotros mismos. Digo particularmente porque más allá del dominio técnico, amplio fluir melódico, conciencia armónica y desplazamiento rítmico, Miles presentía que en cualquier momento nuestro mundo íba a detenerse. Y al detenerse, nos desvaneceríamos entre los espacios interestelares; sonriendo con picardía, flotando extáticos en un océano causal.
Miles Davis es uno de esos accidentes. Constantemente cambió de faz para recordarnos ese principio de la existencia que evidencia la mudanza continua de lo aparente. Pero al escucharlo me remonto a un principio más profundo.
Hace pocos días atendí a un amigo compartir acerca de los elementos universales, específicamente sobre la estructura de las galaxias y los soles. Estando el cuerpo solar constituído fundamentalmente de fuego, reposa sobre el vacío. Sombra y luz. Pero en lo más interno de los espacios cósmicos está el aire elemental (llamado éter por los pensadores griegos de la antigüedad y prana por el conocimiento védico). Este principio está presente en el macro y el microcosmos. Es el aliento de Dios. Al escuchar una interpretación "musical" (entendiendo por música la sucesión de sonidos ordenados con una meta-intención), este aire elemental se manifiesta como el sonido y lo que está detrás de éste, su voluntad.
Entre los muchos cornetistas que han expresado su mundo a través del viento siento que Miles, muy particularmente, nos comunicó la presencia de ese aire elemental dentro de nosotros mismos. Digo particularmente porque más allá del dominio técnico, amplio fluir melódico, conciencia armónica y desplazamiento rítmico, Miles presentía que en cualquier momento nuestro mundo íba a detenerse. Y al detenerse, nos desvaneceríamos entre los espacios interestelares; sonriendo con picardía, flotando extáticos en un océano causal.
martes, 9 de diciembre de 2008
La Melodía dentro del Ruido

Sonic Youth ha descubierto una entrada en las paredes del ruido, derribando sus apariencias impersonales y dejando al mundo saber que hay una dulce melodía adentro. La furia deja buenos recuerdos (it is a tale/Told by an idiot, full of sound and fury,/Signifying nothing), ¡¿y qué mejor momento para empezar a hablar tonterías de la vida que desde la juventud sónica!?
A comienzos de los 80 aún había resaca de la movida hippie, y en la publicidad subyacía un tono hipócrita que nos vendía la esperanza del futuro contenido en los aparatos electrónicos de entretenimiento, hasta que llegó MTV y, luego de moldear la fantasía, fue víctima de su propia estrategia: ¿querían ruido? ¡nojoda, allá les va ruido! Éste fue el grito de guerra de la No Wave, movimiento que comparte sus inquietudes y coincide con sus comienzos; su estética y su música eran una reacción alérgica ante la política que propuso la guerra fría -término que no es más que una manera de embellecer al monstruo- y contra el punk que se había convertido en una malcriadez de niños republicanos incomprendidos. El enfrentamiento duró hasta que esta estratagema de la juventud rebelde neoyorquina fue consumida por su propio enemigo y fue sintetizada por los medios de distribución masivos que controlaban los mercados en la época (disqueras, tv, radio).
Pero quedó un sobreviente, o mejor dicho, una banda que sobrevivió. Sonic Youth continuó plantado en sus propias convicciones. ¿Filántropos? ¿Demócratas? ¿Artistas? Creo que más que eso, comparten un gusto por entrar dentro de sí mismos y construir su mundo con lo que ven allí, adentro, en el corazón del ruido.
Etiquetas:
80's,
New York,
No Wave,
Noise Rock,
Sonic Youth,
SY
viernes, 24 de octubre de 2008
La Perpetua Alma de Cayayo Troconis

Regresó a su origen el 17 de noviembre, hace nueve años. Toda la juventud le recuerda eternamente joven, eléctrico, portador de ciertas melodías que nos marcaron a todos los que tomamos una guitarra a finales de los 80, siendo niños, y escuchábamos ocasionalmente por venevisión -casi sin darnos cuenta- la publicidad que nos invitaba a comprar el disco "Sin Sombra No hay Luz".
Luego ese sentimiento cambió de piel y nos tatuó el oído con Dermis Tatú; entonces parecía que esa expresión llegaba a un punto de tensión que nos daba comezón en la mente y domaba el demonio del miedo que inundaba a Venezuela, pero sobre todo a Caracas, durante los 90: un ente terrible que te seducía con su mentira de esperanza pero te apuñaleaba con el temor. Luego, como invocado por el ruido de las bombas y el chillido de los taxis se acercó el sátiro Pan y nos puso a bailar.
Luego ese sentimiento cambió de piel y nos tatuó el oído con Dermis Tatú; entonces parecía que esa expresión llegaba a un punto de tensión que nos daba comezón en la mente y domaba el demonio del miedo que inundaba a Venezuela, pero sobre todo a Caracas, durante los 90: un ente terrible que te seducía con su mentira de esperanza pero te apuñaleaba con el temor. Luego, como invocado por el ruido de las bombas y el chillido de los taxis se acercó el sátiro Pan y nos puso a bailar.
Esas guitarras no eran inocentes, dígalo.
Cayayo había abierto un sendero en la música, cuyo recorrido coincidía con su propia visión espiritual. Rama Charan das, le inició Srila Avadhuta Maharaja a mediados de los 80. Tenía una firme convicción de consciencia más allá de todo este caos, la certeza de un espacio de total conformidad de todo, una reconciliación del sí y el no para formar este eterno presente. Es curioso que las canciones en las que más detalló esa visión fuera de lo terrenal nunca fueron grabadas para ser difundidas.
Aparentemente dejó de respirar, se fue tranquilo. Nos deja más tranquilos aún el poder seguir escuchándote, siguiendo los rastros de luz.
Etiquetas:
cayayo troconis,
dermis tatú,
hare krishna,
pan,
rock venezolano,
sentimiento muerto
lunes, 8 de septiembre de 2008
Jaco Pastorius: Bajo Continuum
Próximos al 21 de septiembre, fecha del deceso de Jaco Pastorius, dejo correr por mis manos unas líneas sobre la vida, obra y desaparición física del “mejor bajista del mundo” según su propio decir.
Y no tiene ni un ápice de falsedad esa auto declaración: existe una especie de complicidad con esa certeza que aparenta ser vanidad, de saberse mutuamente refugiados -el espectador y el creador- dentro de un terreno que trasciende las percepciones superficiales y nos ubica en el goce genuino de la apreciación estética pura cuando la creación es fluida y certera; en el sentido estrictamente musical es ese momento donde las capas frágiles entre el ejecutante y el oyente se disuelven para elevarnos a una unidad. Si Jaco era el mejor bajista del mundo, nosotros, sus oyentes, somos los mejores recipientes de esa fuente de inagotables experiencias musicales que fue Jaco Pastorius.
Digo fue, con todo el dolor que siente un amigo que no lo conoció en vida. Pero tal es su carisma, que incluso quienes no tuvimos la fortuna de frecuentar su amistad sentimos su ausencia. La sentimos cada vez que escuchamos sus ecos en cualquier producción musical posterior a su ejercicio, en cualquier estilo: definió la característica del sonido del bajo como elemento melódico y de extensas posibilidades armónicas, encontró el cuerpo musical de un instrumento hasta los momentos relegado a la función rítmica, violentó las cerraduras que mantenían a los diferentes estilos musicales encerrados y apartados entre sí, amplió las posibilidades frecuenciales del lenguaje musical aplicado al bajo fretless (sin trastes) con la utilización de los sobretonos, pero sobre todo, nos recordó que para ir más allá de todo es imprescindible la risa. Jaco empezaba burlándose de él mismo para estimularnos a reír de toda la sobriedad que envuelve, o mejor dicho, con la cual pretenden envolver el hecho creativo.
Hijo de un músico de jazz, desde muy temprana edad ejecuta diferentes instrumentos musicales, sobresaliendo en la batería, hasta que un accidente le impide temporalmente manejar este instrumento y decide intercambiar con el bajista de la banda con la cual se presentaba en locales de Fort Lauderdale –ciudad que alimentó sus inquietudes de adolescente- llamada Las Olas Brass. De allí en adelante abriría un nuevo camino para los ejecutantes de este instrumento de bajos registros, estimulado por las variadas influencias musicales que convergían en Florida. Traba amistad con los jóvenes músicos más inquietos de la década de los 70 y luego de grabar varios proyectos musicales seminales, graba con Pat Metheny una joya dentro de la colección del jazz contemporáneo: Bright Size Life; posteriormente se une de manera muy particular al grupo de jazz rock Weather Report, liderizado por Joe Zawinul y Wayne Shorter –de ahí la conocida expresión que utilizó Jaco al presentarse a Zawinul: “Mucho gusto, me llamo Jaco Francis Anthony Pastorius III y soy el mejor bajista del mundo”-; en el año 1976 concreta su primer trabajo solista: Jaco Pastorius, donde muestra un gran nivel de dominio técnico y sensibilidad compositiva; simultáneamente colabora con una gama variopinta de artistas reconocidos en diferentes géneros musicales: Al Di Meola, Joni Mitchel, Airto Moreira, Floria Purim, Tom Scott, John McLaughlin, Tonny Williams, Herbie Hancock, Jimmy Cliff…
Murió a los 35 años de haber entrado en un mundo que lo degustó, digirió y luego aventó sobre sus propios remanentes. Su sensibilidad no dio cabida a una mentira que alimentada por la cultura del consumo superó, según el criterio de la sociedad que lo convirtió en una estrella, la altura de su más grande verdad.
Y no tiene ni un ápice de falsedad esa auto declaración: existe una especie de complicidad con esa certeza que aparenta ser vanidad, de saberse mutuamente refugiados -el espectador y el creador- dentro de un terreno que trasciende las percepciones superficiales y nos ubica en el goce genuino de la apreciación estética pura cuando la creación es fluida y certera; en el sentido estrictamente musical es ese momento donde las capas frágiles entre el ejecutante y el oyente se disuelven para elevarnos a una unidad. Si Jaco era el mejor bajista del mundo, nosotros, sus oyentes, somos los mejores recipientes de esa fuente de inagotables experiencias musicales que fue Jaco Pastorius.
Digo fue, con todo el dolor que siente un amigo que no lo conoció en vida. Pero tal es su carisma, que incluso quienes no tuvimos la fortuna de frecuentar su amistad sentimos su ausencia. La sentimos cada vez que escuchamos sus ecos en cualquier producción musical posterior a su ejercicio, en cualquier estilo: definió la característica del sonido del bajo como elemento melódico y de extensas posibilidades armónicas, encontró el cuerpo musical de un instrumento hasta los momentos relegado a la función rítmica, violentó las cerraduras que mantenían a los diferentes estilos musicales encerrados y apartados entre sí, amplió las posibilidades frecuenciales del lenguaje musical aplicado al bajo fretless (sin trastes) con la utilización de los sobretonos, pero sobre todo, nos recordó que para ir más allá de todo es imprescindible la risa. Jaco empezaba burlándose de él mismo para estimularnos a reír de toda la sobriedad que envuelve, o mejor dicho, con la cual pretenden envolver el hecho creativo.
Hijo de un músico de jazz, desde muy temprana edad ejecuta diferentes instrumentos musicales, sobresaliendo en la batería, hasta que un accidente le impide temporalmente manejar este instrumento y decide intercambiar con el bajista de la banda con la cual se presentaba en locales de Fort Lauderdale –ciudad que alimentó sus inquietudes de adolescente- llamada Las Olas Brass. De allí en adelante abriría un nuevo camino para los ejecutantes de este instrumento de bajos registros, estimulado por las variadas influencias musicales que convergían en Florida. Traba amistad con los jóvenes músicos más inquietos de la década de los 70 y luego de grabar varios proyectos musicales seminales, graba con Pat Metheny una joya dentro de la colección del jazz contemporáneo: Bright Size Life; posteriormente se une de manera muy particular al grupo de jazz rock Weather Report, liderizado por Joe Zawinul y Wayne Shorter –de ahí la conocida expresión que utilizó Jaco al presentarse a Zawinul: “Mucho gusto, me llamo Jaco Francis Anthony Pastorius III y soy el mejor bajista del mundo”-; en el año 1976 concreta su primer trabajo solista: Jaco Pastorius, donde muestra un gran nivel de dominio técnico y sensibilidad compositiva; simultáneamente colabora con una gama variopinta de artistas reconocidos en diferentes géneros musicales: Al Di Meola, Joni Mitchel, Airto Moreira, Floria Purim, Tom Scott, John McLaughlin, Tonny Williams, Herbie Hancock, Jimmy Cliff…
Murió a los 35 años de haber entrado en un mundo que lo degustó, digirió y luego aventó sobre sus propios remanentes. Su sensibilidad no dio cabida a una mentira que alimentada por la cultura del consumo superó, según el criterio de la sociedad que lo convirtió en una estrella, la altura de su más grande verdad.
Etiquetas:
avant-garde,
bajo fretless,
fender,
fort lauderdale,
funk,
jazz,
weather report
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

