Próximos al 21 de septiembre, fecha del deceso de Jaco Pastorius, dejo correr por mis manos unas líneas sobre la vida, obra y desaparición física del “mejor bajista del mundo” según su propio decir.
Y no tiene ni un ápice de falsedad esa auto declaración: existe una especie de complicidad con esa certeza que aparenta ser vanidad, de saberse mutuamente refugiados -el espectador y el creador- dentro de un terreno que trasciende las percepciones superficiales y nos ubica en el goce genuino de la apreciación estética pura cuando la creación es fluida y certera; en el sentido estrictamente musical es ese momento donde las capas frágiles entre el ejecutante y el oyente se disuelven para elevarnos a una unidad. Si Jaco era el mejor bajista del mundo, nosotros, sus oyentes, somos los mejores recipientes de esa fuente de inagotables experiencias musicales que fue Jaco Pastorius.
Digo fue, con todo el dolor que siente un amigo que no lo conoció en vida. Pero tal es su carisma, que incluso quienes no tuvimos la fortuna de frecuentar su amistad sentimos su ausencia. La sentimos cada vez que escuchamos sus ecos en cualquier producción musical posterior a su ejercicio, en cualquier estilo: definió la característica del sonido del bajo como elemento melódico y de extensas posibilidades armónicas, encontró el cuerpo musical de un instrumento hasta los momentos relegado a la función rítmica, violentó las cerraduras que mantenían a los diferentes estilos musicales encerrados y apartados entre sí, amplió las posibilidades frecuenciales del lenguaje musical aplicado al bajo fretless (sin trastes) con la utilización de los sobretonos, pero sobre todo, nos recordó que para ir más allá de todo es imprescindible la risa. Jaco empezaba burlándose de él mismo para estimularnos a reír de toda la sobriedad que envuelve, o mejor dicho, con la cual pretenden envolver el hecho creativo.
Hijo de un músico de jazz, desde muy temprana edad ejecuta diferentes instrumentos musicales, sobresaliendo en la batería, hasta que un accidente le impide temporalmente manejar este instrumento y decide intercambiar con el bajista de la banda con la cual se presentaba en locales de Fort Lauderdale –ciudad que alimentó sus inquietudes de adolescente- llamada Las Olas Brass. De allí en adelante abriría un nuevo camino para los ejecutantes de este instrumento de bajos registros, estimulado por las variadas influencias musicales que convergían en Florida. Traba amistad con los jóvenes músicos más inquietos de la década de los 70 y luego de grabar varios proyectos musicales seminales, graba con Pat Metheny una joya dentro de la colección del jazz contemporáneo: Bright Size Life; posteriormente se une de manera muy particular al grupo de jazz rock Weather Report, liderizado por Joe Zawinul y Wayne Shorter –de ahí la conocida expresión que utilizó Jaco al presentarse a Zawinul: “Mucho gusto, me llamo Jaco Francis Anthony Pastorius III y soy el mejor bajista del mundo”-; en el año 1976 concreta su primer trabajo solista: Jaco Pastorius, donde muestra un gran nivel de dominio técnico y sensibilidad compositiva; simultáneamente colabora con una gama variopinta de artistas reconocidos en diferentes géneros musicales: Al Di Meola, Joni Mitchel, Airto Moreira, Floria Purim, Tom Scott, John McLaughlin, Tonny Williams, Herbie Hancock, Jimmy Cliff…
Murió a los 35 años de haber entrado en un mundo que lo degustó, digirió y luego aventó sobre sus propios remanentes. Su sensibilidad no dio cabida a una mentira que alimentada por la cultura del consumo superó, según el criterio de la sociedad que lo convirtió en una estrella, la altura de su más grande verdad.
Y no tiene ni un ápice de falsedad esa auto declaración: existe una especie de complicidad con esa certeza que aparenta ser vanidad, de saberse mutuamente refugiados -el espectador y el creador- dentro de un terreno que trasciende las percepciones superficiales y nos ubica en el goce genuino de la apreciación estética pura cuando la creación es fluida y certera; en el sentido estrictamente musical es ese momento donde las capas frágiles entre el ejecutante y el oyente se disuelven para elevarnos a una unidad. Si Jaco era el mejor bajista del mundo, nosotros, sus oyentes, somos los mejores recipientes de esa fuente de inagotables experiencias musicales que fue Jaco Pastorius.
Digo fue, con todo el dolor que siente un amigo que no lo conoció en vida. Pero tal es su carisma, que incluso quienes no tuvimos la fortuna de frecuentar su amistad sentimos su ausencia. La sentimos cada vez que escuchamos sus ecos en cualquier producción musical posterior a su ejercicio, en cualquier estilo: definió la característica del sonido del bajo como elemento melódico y de extensas posibilidades armónicas, encontró el cuerpo musical de un instrumento hasta los momentos relegado a la función rítmica, violentó las cerraduras que mantenían a los diferentes estilos musicales encerrados y apartados entre sí, amplió las posibilidades frecuenciales del lenguaje musical aplicado al bajo fretless (sin trastes) con la utilización de los sobretonos, pero sobre todo, nos recordó que para ir más allá de todo es imprescindible la risa. Jaco empezaba burlándose de él mismo para estimularnos a reír de toda la sobriedad que envuelve, o mejor dicho, con la cual pretenden envolver el hecho creativo.
Hijo de un músico de jazz, desde muy temprana edad ejecuta diferentes instrumentos musicales, sobresaliendo en la batería, hasta que un accidente le impide temporalmente manejar este instrumento y decide intercambiar con el bajista de la banda con la cual se presentaba en locales de Fort Lauderdale –ciudad que alimentó sus inquietudes de adolescente- llamada Las Olas Brass. De allí en adelante abriría un nuevo camino para los ejecutantes de este instrumento de bajos registros, estimulado por las variadas influencias musicales que convergían en Florida. Traba amistad con los jóvenes músicos más inquietos de la década de los 70 y luego de grabar varios proyectos musicales seminales, graba con Pat Metheny una joya dentro de la colección del jazz contemporáneo: Bright Size Life; posteriormente se une de manera muy particular al grupo de jazz rock Weather Report, liderizado por Joe Zawinul y Wayne Shorter –de ahí la conocida expresión que utilizó Jaco al presentarse a Zawinul: “Mucho gusto, me llamo Jaco Francis Anthony Pastorius III y soy el mejor bajista del mundo”-; en el año 1976 concreta su primer trabajo solista: Jaco Pastorius, donde muestra un gran nivel de dominio técnico y sensibilidad compositiva; simultáneamente colabora con una gama variopinta de artistas reconocidos en diferentes géneros musicales: Al Di Meola, Joni Mitchel, Airto Moreira, Floria Purim, Tom Scott, John McLaughlin, Tonny Williams, Herbie Hancock, Jimmy Cliff…
Murió a los 35 años de haber entrado en un mundo que lo degustó, digirió y luego aventó sobre sus propios remanentes. Su sensibilidad no dio cabida a una mentira que alimentada por la cultura del consumo superó, según el criterio de la sociedad que lo convirtió en una estrella, la altura de su más grande verdad.
Bienvenido a la "blogósfera". Yo le digo la vía subte.
ResponderEliminarUn blog gratuito (al menos eso parece) y libre de jefes y tiranos (también lo parece), ¿se puede pedir más?.
Buen artículo. A él no lo conocía, que bueno con el bajo. Adoro a Hancock y a Moreira. Sobre todo Moreira, en estos días iba a colocar algo de él.
Espero pronto más de (ecología) acústica por acá.
Un abrazo.
pues desde los 17 anos me a fascinado el jazz sobre todas la nmusicas mas o menos equiparadas con lo clasico hoy tengo 23 y no jodo con que ya me quiro pegar mi bajito este hombre me a cautovado en muchos aspectos y creo mque llevo el ritmo en concentrado en sangre pero lesw digo que tyemo hacer esta imbercion del instrumento pues a pesar de que soy melomano carezco de oido como para decier que nota suena o acorde etc sin embargo seguire por esta ruta tan pasional y tan dificultosa saludos a todos
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