
Entre todas las épocas, estilos y viscisitudes del acontecer musical ocurren ciertos accidentes que abren una incógnita en el discurso sonoro, para luego cerrarse en una afirmación categórica que a su vez hace referencia a conceptos fundamentales de la existencia. Dicho en un ejemplo menos epistemológico: cuando escuchamos el dulce sonido de una quena o una trompeta interpretado por un ejecutante sensible, en algún momento nuestras impresiones se remontan a un código primigenio que revela un conocimiento arcano.
Miles Davis es uno de esos accidentes. Constantemente cambió de faz para recordarnos ese principio de la existencia que evidencia la mudanza continua de lo aparente. Pero al escucharlo me remonto a un principio más profundo.
Hace pocos días atendí a un amigo compartir acerca de los elementos universales, específicamente sobre la estructura de las galaxias y los soles. Estando el cuerpo solar constituído fundamentalmente de fuego, reposa sobre el vacío. Sombra y luz. Pero en lo más interno de los espacios cósmicos está el aire elemental (llamado éter por los pensadores griegos de la antigüedad y prana por el conocimiento védico). Este principio está presente en el macro y el microcosmos. Es el aliento de Dios. Al escuchar una interpretación "musical" (entendiendo por música la sucesión de sonidos ordenados con una meta-intención), este aire elemental se manifiesta como el sonido y lo que está detrás de éste, su voluntad.
Entre los muchos cornetistas que han expresado su mundo a través del viento siento que Miles, muy particularmente, nos comunicó la presencia de ese aire elemental dentro de nosotros mismos. Digo particularmente porque más allá del dominio técnico, amplio fluir melódico, conciencia armónica y desplazamiento rítmico, Miles presentía que en cualquier momento nuestro mundo íba a detenerse. Y al detenerse, nos desvaneceríamos entre los espacios interestelares; sonriendo con picardía, flotando extáticos en un océano causal.